A finales del siglo XIX surgió el sufragismo, movimiento de agitación internacional, presente en todas las sociedades industriales con dos objetivos concretos: el derecho al voto y los derechos educativos.
Para su consecución fueron necesarios ochenta años, lo que supone al menos tres generaciones militantes empeñadas en el mismo proyecto. En algunos países y en algunos estados de los Estados Unidos de América las mujeres habían obtenido derecho al voto en los años previos a la Primera Guerra mundial. Al final de la Segunda todos los Estados que no eran dictaduras reconocieron este derecho a su población femenina.
Hay que tener presente que cuando las dos Guerras Mundiales se produjeron en la primera mitad del siglo XX, los hombres fueron llamados a filas y llevados al frente. En esos momentos, se recurrió a las mujeres para que sustituyeran a los hombres en los distintos sectores productivos, incluída la industria bélica o la administración pública. Durante las contiendas, las economías de los países no cayeron en crisis, poniendo de manifiesto que las mujeres podían hacer frente a esos momentos tan críticos y, por tanto, no era lógico seguir oponiéndose a las demandas del movimiento sufragista. Ahora bien, auguraron efectos catastróficos para la familia, como consecuencia de la nueva libertad que las mujeres habían alcanzado.
En nuestro país, el feminismo de finales del siglo XIX no se centrará en reivindicaciones políticas, como el derecho de sufragio, sino que se basará en demandas sociales, buscando el reconocimiento de sus roles sociales (maternidad y cuidado de la familia) y en la exigencia de los derechos civiles. Así, la escritora gallega Emilia Pardo Bazán (1851-1921) denunciaba que los avances culturales y políticos logrados a lo largo del siglo XIX (las libertades políticas, la libertad de cultos, el mismo sistema parlamentario) sólo habían servido para incrementar las distancias entre sexos, sin promover la emancipación femenina, haciendo hincapié en que las mujeres recibieran una educación semejante a la de los hombres.
Por su parte, la penalista Concepción Arenal (1820-1893) insistió que aunque el papel de madrePor su parte, la penalista Concepción Arenal (1820-1893) insistió que aunque el papel de madre y esposa eran fundamentales en la vida de las mujeres, el ejercicio de estos roles no podían ser considerados el eje central de sus vidas, reivindicando para las mujeres la igualdad en todas las esferas sociales.
A partir de los años 20, el feminismo español comenzó a añadir demandas políticas a las reivindicaciones sociales. Sin embargo, y pese a los esfuerzos de las primeras sufragistas españolas, el sufragio femenino fue otorgado en el marco de las reformas introducidas en la legislación de la Segunda República española (1931-1936).
Artículos Constitución 1931
Artículo 23. “No podrán ser fundamento de privilegio jurídico: la naturaleza, la filiación, el sexo, la clase social, la riqueza, las ideas políticas, ni las creencias religiosas.”
Artículo 36. “Los ciudadanos de uno y otro sexo, mayores de veintitrés años, tendrán los mismo derechos electorales conforme determinen las leyes.”
Además, hay que destacar que durante la II República se consiguieron otros avances como el matrimonio basado en la igualdad de los cónyuges, el derecho al divorcio (1932), los mismos derechos y autoridad para la madre y el padre ante los hijos y las hijas o la primera regulación laboral de la baja maternal
Sin embargo, poco duraron los avances, la guerra civil y la dictadura franquista llevó a las mujeres a una situación de subordinación, ya que durante esta época, con el menoscabo de las libertades y los valores democráticos, se produjo un grave retroceso de los derechos civiles, sociales, económicos... conquistados por las mujeres hasta entonces.




